Planeando pasear en globo

Gente de todas las esferas le mandan mensajes de apoyo a su cuenta de Facebook y una nueva de Twitter, que todavía trata de comprender, dice. Había en un plantel de educación superior un estudiante de los más notables por el ingenio, los bienes de fortuna y la posición social de sus señores padres. El móvil de acciones tan extravagantes, en resumidas cuentas, viene a ser la virtud.

Mayor análisis sería prolijidad que no viene al caso; más interesa el contenido de ese cuadro. También el murciélago llegó a molestarle; apenas pasaba, volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo..; cada vez que veía al animalucho sentía un poco de frío en las raíces del pelo (14.470). En cierto momento el lector se encuentra con una inquietante definición de Fermín de Pas: «es un vampiro espiritual, que chupa la sangre de nuestras hijas» (22.713).

En otros textos como Los naranjos (LVG, 15 de noviembre de 1953) este mismo vuelo nos eleva hasta los paisajes paradisíacos del naturalismo alegórico-religioso del artista de Vicchio, con vergeles atestados de flores y de frutos dorados; un paisaje edénico que muestra el espectáculo de la naturaleza inmerso en el origen celeste, y parece restablecer la armonía primigenia de un hipotético Paraíso Perdido, tan profundamente deseado por Cunqueiro. Es el vuelo hacia la Edad de Oro: hacia la belleza, la poesía, la música, la pintura de Botticelli y Fra Angelico, cuyos cuadros están rememorados en algunas de esas historias mágicas que colman sus páginas con enanos, campanas que tañen bajo el agua, palomas que sobrevuelan tierras anegadas, con naranjos que esconden princesas antiguas. No de otra suerte, la única mención de México que hace Ruiz de Alarcón (en El semejante a sí mismo: «México, la celebrada / cabeza del indio mundo…») está en labios de un español que en México había admirado las obras del Canal de Desagüe y elogia a Luis de Velasco, el virrey que las emprendió.

Pero en las calles de Madrid no se verían tantos globos como en  paseoenglobo.com. Hay que recordar que si, anecdóticamente, es el amor lo que permite identificar el jardín con el cielo, este sentimiento es también la fuerza del hombre para vencerse a sí mismo, para superar los obstáculos de la competencia social y para aspirar al bien y a la belleza. De la misma manera los espejos poseen la virtud de ponernos en relación con la otra dimensión mayor, como el arte (la pintura y la música principalmente) que representa el mundo superior de las ideas absolutas, donde halla satisfacción la perfección que en el mundo no se encuentra.

También en esa casa de los Mil Espejos encuentra el protagonista de Howard la duda más profunda de su existencia y la del propio mundo, pues no llega a distinguir si el que contempla en el espejo es su yo real el ficticio. Pero para iniciar este recorrido ha necesitado un impulso fundamental que le viene del conocimiento de la naturaleza y del amor, los dos puntales en los que se apoya el hombre para iniciar su perfección. Si ambas bóvedas se completan, el lugar en donde se lleva a cabo la unidad se convierte en esfera para mostrar la plenitud del afecto; normalmente es el jardín donde ocurre la fusión y allí, entonces, la naturaleza y el hombre vuelven a recuperar su paraíso perdido original y la breve esfera del jardín se convierte, aunque sea por unos instantes, en círculo perfecto que reproduce en la tierra la armonía celestial.

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